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En la práctica de yoga sobre todo al principio tenemos la tendencia a activar todo nuestro cuerpo en todas las asanas y ello genera una tensión muscular que además de no ser eficiente, nos lleva a generar un cansancio superior al que debería producirse con el devenir de la clase.

Uno de los mejores descubrimientos de mi práctica personal de yoga ha sido que respetando mi cuerpo y sin ponerlo en tensión, cada asana se convierte en un placer infinito de contacto entre mi cuerpo y mi mente.

Ahora me resulta después de muchos años cada vez más fácil permanecer en las asanas sin excesivo esfuerzo y disfrutando de la sensación de mi cuerpo en cada una de ellas.

Hoy se lo comentaba a las alumnas en clase, cada vez que hay alguna asana que es un poco más demandante de lo habitual, yo percibo la tensión en sus rostros y en su cuerpo y ésta tensión lleva a alguna de estas reacciones físicas y mentales:

Compenso el esfuerzo de una zona tensionando la contraria.

Tensiono el rostro por el esfuerzo.

Genero resistencias en mi cuerpo y consigo que además de ser mucho más difícil mantenerla con serenidad mi mente comience a pronunciarse de un modo reactivo y negativo.

Se agolpan los pensamientos del tipo:

“cuando se acaba”,

“como me cuesta”,

“que difícil es”

“que poco flexible soy” etc, etc, etc.

Se colapsa la respiración y se hace mucho más difícil.

Y éste tipo de reacciones que son normales pueden generar que algunas asanas no nos gusten y que cada vez nos sintamos más incómodas durante la práctica.

Y como cambiar esta situación:

Disfrutando de la asana a través de la conciencia de mi cuerpo, y averiguando durante la práctica que zona no necesito activar para así llevar a ella la relajación.

Respetando mi cuerpo en cada asana y a cada instante, ya que las sensaciones corporales son distintas en cada una de ellas, y también mi cuerpo está distinto en cada momento o en distintos días.

Si observo con atención plena como me siento en la asana, seré capaz de respetar mi cuerpo y sus limitaciones cuando me encuentre con un mal día, o cuando sienta mi cuerpo denso y con dificultades para mantener ese día y en ese preciso instante la asana.

Relajando y si es preciso saliendo de la asana para no generar mayor tensión a nivel físico ni a nivel mental.

Aprendiendo estos pequeños o grandes matices en nuestro propio cuerpo es cuando seremos capaces de fluir absolutamente con nuestra respiración y con nuestro cuerpo.

 “Si tu respiración no es fluida,  sal de asana” porque no es efectiva.

La respiración es tu mejor herramienta de medición de cuan adecuada es tu práctica.