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Es curioso como generalmente no somos conscientes del lenguaje de nuestro cuerpo, y de como el cuerpo expresa aquello que con palabras muchas veces no somos capaces o no queremos expresar.

Y sea cualquiera de ellos el caso desde luego el cuerpo si que no miente.

Cualquiera que lleve un tiempo practicando yoga, o trabajando en otro tipo de actividad de tipo corporal, si es observador, habrá detectado que cada persona no solo tiene una fisonomía distinta, sino que también cada día su cuerpo se expresa de modo diferente.

Como ejemplo observa si te apetece comprobarlo en ti mismo.

Cuando estás tenso observa y verás que seguramente tendrás los hombros elevados, facilitando así que los trapecios entre otros músculos se contraigan.

Pero esto nos pasa a todos, lo que ocurre es que cuando practicas yoga, seguramente por la fuerza de la costumbre de prestar atención a tu cuerpo, reconoces antes los signos de contracción o alerta.

Así sucede también cuando estamos deprimidos, o agobiados mentalmente, nuestros hombros suelen cargarse y la espalda comienza a curvarse, dejando la zona del abdomen con poco espacio y repercutiendo también por esto en nuestra respiración, haciéndola más pobre, más corta.

Y así se genera el círculo vicioso: como estoy mal emocionalmente mi cuerpo reacciona cerrándose en si mismo, curvándose para dejar menos espacio abierto, protegiéndose en definitiva.

Todo lo que sucede en nuestra mente se refleja en nuestro cuerpo, y también en el interior, no solo en su apariencia externa sino que todo nuestro organismo es el espejo de nuestras emociones.

Cuando trabajamos en yoga, lo hacemos también en las emociones, siguiendo el camino inverso. Modificamos las posturas del cuerpo para que a través de estas modificaciones, se modifiquen también nuestras emociones.